domingo, 19 de septiembre de 2010

Travesuras y aventuras de los sesenta

Son imágenes, fueron hechos. Se evaden en el tiempo y proyectan cuando quieren, sin intencionalidad, espontáneamente, a veces machaconamente. Están sometidas a fechas, a flashes y conversaciones que siguen su deriva.
Recuerdo cada vez que voy al Mercado Central que de chiquillos, Carlos del Campo, mi amigo del alma Baldomero Pérez Alamino que se me ahogó en las rocas y arenales de Sammar y este que refiere, escalaban sigilosamente tubería arriba, alcanzando el techo del Instituto viejo. Nos encubría
la falta de luz, el esperado atardecer y el júbilo contenido por alcanzar esas cimas, esa altura nos convertía en héroes. Incluso llegamos a planificar ascensiones al Himalaya,  a los Andes y al Kilimanjaro, todo fuere por la sabia influencia de la enciclopedia “A través del ancho mundo”, compendio de aventuras mil veces soñadas, incluido para ello, la fuga de casa por mucho que queríamos a nuestros progenitores. Era cuestión de decidirse y en su caso, lo teníamos claro, ser aventureros y como Hillary,  Admundsen, Livingstone...ver y conquistar el Mundo, partiendo y regresando hombres, a esta nuestra Melilla, entre olor de multitudes y medalla, y diploma ,y  seríamos recordados en la Historia , para siempre.
Con nuestras bicis “SUPER”, recorrimos las idas y vueltas al Atalayón, contemplando atardeceres en las salinas y olisqueando plantas, al asalto de nidos de gaviotas y, un tren mineral que a lo lejos avanzaba en dirección única y retorno, al cargadero de mineral.
Con Rafael Yus Ramos, catedrático creo hoy en tierras malagueñas, las escapadas de la academia de repaso a las vías del tren en el hoy Pabellón de deportes, eran fantásticas. Nos introducimos en el mundo mineral, en las rocas y piritas destelleantes, enigmáticas y que nos parecían oro intenso y a nuestro alcance. No había insecto, lombriz, que se evadiese del tarro de medicamento preparado al uso, de ahí nuestra impresionante colección de tanto bicho acabado en –óptero y más –eros, que investigamos en mi azotea de la calle O’Donnell 19, donde vivían nuestros vecinos hebreos Simi, Alberto...la querida y recordada familia Amselen. Allí , en la azotea, un chaval del grupo, un tal Rafita “el de Lucena”, se nos quiso descolgar en nuestro afán de biólogos, cuando vio parir a la gata gris, dándole la comedura de coco por ser veterinario.
Pablo Ibáñez era un buen ciclista. Subía las cuestas a Rostrogordo y todo amparado en su delgadez y voluntad, aunque fuese con decenas de paradas, por lo del agua y tráfico, excusas sin mala intención. No nos acompañaba a la bajada a los Cortaos desde la bola del mundo de Ataque Seco ni a entrar en los túneles. Por cierto nunca encontramos ese que iba hasta el castillo del Gurugú , y lo vivimos como frustración compensándonos los recorridos cortos y con velas incluidas por aquellos húmedos y secretos pasillos de antaño.
Los lanzamientos y chapuzones en el Pico Trápana, en el Alcazaba, en la Plancha y Aguadú, pesquerías con chambel incluidas, no tenían parangón. Cañaillas del dique y del Hipódromo, mejillones y algún  cefalópodo pulpario  engordaban el  esfuerzo, como premio. No estábamos en aquellos años para ecologizarnos, nos tiraba más el ocio, divertirnos no viendo maldad alguna en tales demostraciones y esporádicas degustaciones, acompañadas de alguna que otra litrona de 
“Africa Star”, pues el agua  no nos sabía a nada. Fueron pues los primeros contactos aventureros y adolescentes con el social alcohol, pero descubro, moderados, pues no había mas pelas.
Los partidillos con Fali “ el globero”, los hermanos Richi y Jorge cuyo padre trabajaba en “Juan Lucas”, eran de campeonato en aquellas aceras próximas al quiosco de Emilio, calle Marina.
El problema es que jugábamos con un cítrico durísimo puede que naranja o limón del Parque, pero se marcaban goles predominando a su final, los moretones de tibia aliviados por la fuente de los Patos. Los mejores, siempre querían jugar juntos y era, sinceramente un fastidio, pero  no había entonces democracia que lo arreglase.
Con un tal Frías que vivía enfrente de la panadería la Royal, la verdad es que lo pasé mal meándome y todo. No se le ocurrió al chaval mas que entrar en un coche aparcado en la Zapatería Méndez. Puertas sin cerrar y llave de contacto a punto, me invitó  a su periplo.
Disfrutamos poco, saliendo por piernas coche en marcha. Menos mal que los carreros lo solucionaron. Por cierto el tal Frías, ya entonces, entendía y mucho de números y cuentas, teniendo sanas sospechas de por donde puede andar el atrevido.
Chiquillerías, aventuras, tropelías de entonces... Lo de las llaves de las COAS, mejor lo calle por pudor. Lo único que sé es que fueron enterradas en el muro pared del cuartel de Regulares 2-plazoleta de los Hermanos. Los chóferes de la época pusieron precio a nuestra cabezas.
Han pasado casi cincuenta años y nos viene bien, hayan prescrito. ¡ Qué tiempos, recuerdos felizmente conservados !. Si vale de algo, mil perdones y que vivan los calamares de la Cave y los bocatas de Solís incluida la matinal infantil en el Monumental. ¡ Qué tiempos!.

Pedro Gallardo
Ciudadano
“En homenaje y recuerdo por siempre, a Baldomero Juan”

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