sábado, 11 de mayo de 2013

El monarca navega entre dos aguas


Mohamed VI se distancia de la fetua que condena a muerte a los apóstatas, pero no sanciona a los ulemas que arremeten contra los intelectuales

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Los apóstatas se merecen la pena de muerte. Tal pronunciamiento, más propio de algunos países de Asia Central, lo hizo en Marruecos, en abril, el Consejo Superior de los Ulemas, el órgano que reúne a los eruditos del islam y que preside el rey Mohamed VI.
El consejo elaboró esa fetua (dictamen religioso) sin la presencia del rey ni de su sustituto, el Ministro de Asuntos Islámicos, Ahmed Tufiq. Su opinión no es vinculante ni debe ser traspuesta en leyes, pero permite tomar el pulso a los dignatarios musulmanes y a algunas de las corrientes islamistas. La fetua trascendió las fronteras del reino y escandalizó a parte de la sociedad civil marroquí. A su manera, el rey, que es el Comendador de los Creyentes, es decir, el jefe espiritual de los musulmanes marroquíes, “intentó reparar el daño causado por esa institución real que debe propagar un islam tolerante”, explica el intelectual Ahmed Bensedik.
Mohamed VI acudió el 18 de abril a la oración del viernes en la mezquita de Ouhoud en Safi, al sur de Casablanca. El imán dedicó sujutba (sermón del viernes) a la libertad de conciencia en el islam. “¡No hay coacción alguna en la religión!”, enfatizó.
Con su presencia entre los fieles el monarca avalaba estos argumentos, aunque la Constitución marroquí reconoce la libertad de culto, prohíbe a los musulmanes cambiar de religión y veta el proselitismo de otras confesiones. Días después su ministro Tufiq también se distanció de la fetua declarando en el Parlamento que los ulemas son los que mejor deben “saber que la libertad de culto es un principio inmutable en el islam”.
El rey navega con prudencia entre los islamistas, cuyo rigorismo le fastidia, y los sectores más laicos, con los que tiene más afinidades
Las reacciones en las filas islamistas a esa fetua terrorífica depararon algunas sorpresas. Mustafá Ramid, ministro de Justicia y dirigente del islamista Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD), rehusó comentarla.
Los islamistas ilegales del gran movimiento Justicia y Caridad, no dudaron, en cambio, en rechazarla. “Nuestra postura se inspira en lasharía (ley islámica) y consideramos la libertad en la fe como uno de sus elementos clave”, afirma Omar Iharchan.
Ahora, con las afrentas lanzadas contra Ahmed Assid, el intelectual bereber que apostó en público por una puesta al día del islam, el bando laico ha escrutado la reacción de palacio y de sus subordinados directos, como el ministro Tufiq, nombrado directamente por el soberano alauí.
Las asociaciones más reivindicativas confiaban en que Tufiq sancionaría al puñado de imanes, asalariados de su ministerio, que arremetieron contra Assid como lo hizo en diciembre pasado con los que rezaron en exceso por el alma del jeque Abdesalam Yassin, líder de Justicia y Caridad.
El palacio real y sus órganos satélites guardan silencio. Esta vez el desaguisado no parte de una institución real, como el Consejo Superior de los Ulemas, aunque Assid es asalariado de otro organismo real, el que promueve la cultura bereber.
El rey navega con prudencia entre los islamistas, cuyo rigorismo le fastidia, y los sectores más laicos, con los que tiene más afinidades siempre y cuando no reivindiquen reformas democráticas que recorten su poder. Bastante hizo ya promulgando, en julio de 2011, una nueva Constitución que redujo algo sus atribuciones.
“El Comendador de los Creyentes adopta, por su parte, una política de esperar y ver”, constata apesadumbrado Fahd Iraqi, director del semanario Tel Quel. “Deja hacer y elige el momento para cosechar dividendos y dejar claro a los demócratas modernistas que es él el único dique contra el oscurantismo y la intolerancia”.
“El Estado marroquí debe adoptar una actitud clara ante estos acontecimientos”, sostiene la columnista Sanaa el Aji. “¿Debemos esperar a tener un Chokri Belaid [opositor antiislamista tunecino asesinado en febrero pasado en Túnez] para tomar por fin conciencia del peligro que está surgiendo entre nosotros?”, se pregunta.
El rey, sin embargo, sí da algún golpe de efecto para mostrar la aparente tolerancia del islam marroquí. Envió al primer ministro islamista a inaugurar, en febrero, la recién restaurada sinagoga de Fez.
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